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Vidas de Fe
D. Juan Moya Sanabria

Si nuestro anterior artículo lo dedicamos a glosar la figura de Juan Moya García, por constituir su vida todo un testimonio en defensa de los valores y principios cristianos, en éste caso, y por los mismos motivos, nos centramos en desgranar la figura y personalidad de su hijo, Juan Moya Sanabria.

Juan nace al abrigo de la sombra de la Giralda, junto a la antigua Casa de la Contratación de las Indias. Se bautiza en la Iglesia Parroquial del Sagrario, y con menos de un año de edad viste su primera túnica para acompañar en la amanecida del Viernes Santo al Nazareno de Alcalá de Guadaira camino del Calvario.


D. Juan Moya Sanabria

Pero será en las viejas dependencias de la calle Laraña, antigua residencia de la Hermandad de los Estudiantes, donde empezará a tomar el pulso a las Hermandades y Cofradías de Sevilla, donde formará como persona y cristiano, y donde comprenderá que éstas corporaciones constituyen en nuestra Ciudad el mejor y más eficaz vehículo de evangelización.

Tras completar sus estudios en Colegios Jesuitas y Salesianos, ingresa en la Facultad de Derecho siguiendo los pasos de quienes le precedieron. En esos años acrecienta su devoción hacia el Cristo de la Buena Muerte, y reivindica la necesaria unión de la Fe-Cultura en un binomio indisoluble e indispensable para la completa formación de la persona, idea que años más tarde plasmaría en su Pregón de la Semana Santa (1989), que aún se recuerda por su testimonio de Fe y vida Cristiana.

Siendo aún un adolescente (con 32 años) da un golpe de autoridad en su Hermandad presentándose a Hermano Mayor en el convulso y fatídicamente recordado 1983 (año en el que se desprende la cabeza del Cristo en un traslado y la Hermandad se encuentra gobernada por una junta rectora). Tras dos impugnaciones arrasa en las elecciones convirtiéndose en el Hermano Mayor más joven de la historia de las Hermandades de Sevilla.

En sus mandatos realiza una labor de regeneración de la vida interna de la Hermandad (espiritual y gubernativa), defendiendo la trascendental presencia de la Hermandad en la Universidad frente a la actitud del entonces Rector que quiere expulsarla del recinto.

Su frescura y carácter calaron igualmente en el Consejo de Cofradías, destacándose como uno de las personas más preparadas e influyentes de su época.

Tras dos mandatos entiende cumplida su labor y decide centrarse en su vida profesional, en la que también dejará buena muestra de sus principios cristianos; prueba de ello es la implicación personal en cada uno de los casos que se le presentaron y el gran número de expedientes que no quiso cobrar, y que incluso costeó bajo el lema de la auténtica caridad cristiana (que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha).

Su espíritu intranquilo y su deseo de colaborar en mejorar la sociedad que le rodeaba hicieron que diera el paso de entrar en política, donde desarrolla una importantísima labor legislativa, que le será reconocida con la concesión de la Cruz de San Raimundo de Peñafort en su máxima distinción. Desde la tribuna del Senado defendió reiteradamente la importancia de los valores y principios cristianos y su necesaria traslación a la sociedad civil.

Pero doce años de política no son suficientes para que Juan pierda de vista sus orígenes y esencia. A diferencia de otros muchos compañeros, nunca establecerá su residencia en Madrid, y durante ese tiempo serán múltiples las idas y venidas para no perderle el pulso a la ciudad que le vio nacer. Cumplido su cometido, decidió retomar su vida profesional rechazando los cargos y comodidades que le ofrecieron; demostrando que las personas que no viven de la política gozan de la libertad de defender sus principios y creencias por encima de todo y de todos.

Amigo de sus amigos, hombre sencillo y humilde, siempre presumió de sus amistades entre las que se encontraban desde los más altos cargos políticos nacionales a la gente humilde y necesitada.

Rectitud y fidelidad a sus principios, son valores que siempre lo acompañaron; Como decían de él era difícil por exigente, querido por sencillo y entregado, un señor en las formas y un batallador en defensa de sus creencias y principios.

Con 55 años lucha hasta la extenuación frente una grave enfermedad, pero siempre con el convencimiento de que su vida le pertenece a Cristo y que lo importante es que llegado el momento en que se la reclame pueda decir con orgullo que devuelve multiplicados por mil los talentos que le fueron ofrecidos.

Fallece en Sevilla en enero de 2007. Su entierro, uno de los más multitudinarios que se recuerdan, fue fiel muestra del cariño que le profesaba la gente.

 

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