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Jornadas Diocesanas de responsabilidad en el tráfico - 19 al 25 de octubre de 2009

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Vidas de Fe
D. Juan Moya García

Decía nuestro añorado Juan Pablo II que hoy día existe el riesgo de reducir la fe a un mero sentimiento religioso vivido únicamente en la intimidad, olvidando que ser cristianos significa asumir el compromiso de ser apóstoles de Cristo en el mundo.

Y a la hora de glosar la figura de Juan Moya García podríamos resaltar un sin fin de méritos profesionales, condecoraciones, reconocimientos,… pero al hacerlo estaríamos parcelando la realidad, pues obviaríamos lo más importante, la esencia que imprimió todas sus actuaciones: Juan Moya fue un cristiano comprometido con su tiempo, una persona que manifestó firmemente sus creencias y defendió sus principios en todas las facetas de su vida.

Desde la humildad más absoluta nace en Alcalá de Guadaira en 1919 en el seno de una familia cristiana practicante. Hijo de comerciante, Juan emplea el poco tiempo que le deja la ayuda a sus padres a estudiar con esfuerzo su verdadera vocación, el Derecho.

Con la humildad inherente a la gente sencilla llega a la Sevilla en el duro periodo de postguerra, y poco a poco se va abriendo paso en una sociedad elitista y cerrada.

En la capital empieza a trabajar como pasante hasta que acaba estableciéndose por su cuenta en la Plaza de la Contratación, desde donde, en su mesa de apenas un metro cuadrado, atenderá con el mismo trato personal y exquisito tanto a poderosas empresas como a las capas más humilde de la sociedad, que acudían a su despacho en busca de un consejo jurídico, una ayuda económica, o simplemente que lo escucharan en sus problemas, consciente que la persona que acudía a su consulta no solamente traía consigo un asunto jurídico, sino que detrás de él se escondía siempre un problemática personal o familiar, una situación de angustia que había de remediar con carácter previo.

Entre otras actividades académicas, Juan Moya fue profesor adjunto por oposición de las cátedras de Historia General del Derecho Español y Derecho Romano, becario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, académico correspondiente de la Jerezana de San Dionisio y numerario de la Sevillana de Legislación y Jurisprudencia y Tesorero del Ilustre Colegio de Abogados. Por sus méritos profesionales recibió la máxima distinción del campo jurídico, la Cruz de San Raimundo de Peñafort y la Gran Cruz del Mérito Civil.

Pero por encima de todo eso fue un hombre sencillo y bueno, en el más amplio sentido de esos términos, que hizo prevalecer en su actuación sus principios éticos, morales y humanos y que siempre antepuso la Justicia al Derecho.

Consciente de que su Fe no podía quedar circunscrita al ámbito íntimo, colaboró profusamente con la A.C.N.P., asociación de seglares con vocación de formación de élites católicas que acudieran a la defensa de los intereses de la Iglesia allí donde peligraran,  y con las Hermandades y Cofradías de nuestra Ciudad, a las que concibió como vehículos de evangelización, despojándolas de cuestiones superfluas para quedarse con los objetivos que debían presidir su actuación: la fe, el culto público y la caridad.

Fue Teniente Hermano Mayor (1969-1973), Secretario (1959-1961) y Mayordomo de la Hermandad de los Estudiantes, participando activamente en la vida de esa Hermandad y colaborando en cuantas ocasiones fue requerido. Fue igualmente Vocal del Consejo General de Cofradías por el Martes Santo (cargo desde el que participó en el germen del actual Boletín del Consejo, pionero en este tipo de publicaciones) y Vicepresidente de la Comisión de Penitencia de ese Consejo. Su compromiso y dedicación a las Hermandades tuvo su reconocimiento con el nombramiento como Pregonero de la Semana Santa de 1963.

Por su actuación profesional se vio en pleitos  famosos como el del Gran Poder (de diez años de duración y que consta en los archivos de esa Corporación) y la recuperación para la Hermandad del Nazareno de Alcalá de Guadaira de los terrenos de la Ermita de San Roque. Estas actuaciones, unidas a su trabajo en el asesoramiento jurídico del Arzobispado de Sevilla y del Cabido Catedralicio hicieron que S.S. Juan Pablo II le concediera el título de Caballero Comendador de la Orden de San Gregorio Magno (máxima distinción que la Iglesia concede a un seglar). Consta su extensa colaboración con los más desfavorecidos y con numerosas entidades y congregaciones religiosas (prueba de lo cual es su nombramiento como Presidente Honorario de la Cooperativa de Viviendas Pablo VI de Alcalá de Guadaira y la Carta de Hermandad de la Orden Carmelitana).

Pero, como decíamos al principio, por la firme defensa de los principios y valores cristianos Juan Moya fue, no como a muchos le gustaba decir “un hombre al servicio de la Iglesia”, sino “un hombre de Iglesia”, a la que se entregó en cuerpo y alma como fiel discípulo de Jesucristo Nuestro Señor.

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