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Delegación Diocesana de Pastoral Social, Justicia y Paz
Hoja de Opinión, diciembre 2015

VENCE LA INDIFERENCIA Y CONQUISTA LA PAZ

El día 1 de enero celebraremos la Jornada Mundial de la Paz. Con este motivo el papa, como todos los papas anteriores desde 1968, envía un mensaje sobre algún aspecto a tener en cuenta para conseguir la paz que, como dice Francisco, es un don de Dios pero también obra de los hombres.

El año que acaba ha venido acompañado de guerras y atentados terroristas, secuestros, persecuciones por motivos religiosos y étnicos, prevaricaciones generalizadas que han llevado al papa a decir que estamos ante la “tercera guerra mundial en fases”. A pesar de todo el papa no pierde la esperanza en la capacidad del hombre para vencer el mal con la gracia de Dios y a no dejarnos llevar por la resignación y la indiferencia.

 

¿CUÁL ES LA INDIFERENCIA QUE EL PAPA QUIERE QUE VENZAMOS?

En primer lugar, la indiferencia ante Dios, de la que brota la indiferencia hacia el otro y hacia lo creado.

Cuando el hombre pierde el contacto con Dios se convierte en autosuficiente, cree que él no debe nada a nadie y solo piensa en sus derechos sin tener en cuenta sus deberes y se comporta con indiferencia hacia los demás. Esta indiferencia puede tener distintos aspectos. Hay quien está informado, escucha la radio, ve televisión, lee periódicos... conoce los problemas del mundo pero de una forma frívola, como si no fueran con él, no se siente comprometido, no vive la compasión. La indiferencia se manifiesta a veces como falta de atención hacia los problemas, especialmente los de las personas más alejadas. Algunas personas prefieren no informarse, no buscar, no hacer nada que les altere su espacio de confort. Estas personas se sienten bien y viven ajenas al las carencias de los otros.

Lo mismo podríamos decir para el medio ambiente, todo está relacionado, el desprecio hacia la naturaleza, la contaminación de las aguas, la destrucción del ambiente es consecuencia de la indiferencia hacia los demás.

 

LA INDIFERENCIA GLOBALIZADA AMENAZA LA PAZ.

En el plano individual, el olvido y la negación de Dios que lleva al hombre a una situación autorreferencial, han producido crueldad y violencia sin medida. Sin una apertura a la trascendencia, el hombre es presa fácil del relativismo y le resulta difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz.

Esta indiferencia a Dios y al hombre que hace persistir las injusticias y las desigualdades puede generar conflictos y contribuye a crear un clima de insatisfacción que

corre el riesgo de terminar en violencia e inseguridad. Todo esto lleva al hombre a faltar a la obligación que tiene cada hombre, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, a contribuir al bien común.

“En cuanto al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, junto con una cultura orientada hacia la ganancia y hacia el hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas para la paz”. Esta actitud de indiferencia puede llevar a políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o de la nación, tratando de mantener el poder y la riqueza, incluso pisoteando los derechos fundamentales de los otros.

 

¿QUÉ SOLUCIONES PROPONE EL PAPA?

En primer lugar, una conversión del corazón que nos haga pasar de la indiferencia a la misericordia.

Jesús nos enseña a ser misericordiosos, a detenernos frente al sufrimiento de los otros, aliviarlos, curar sus heridas y no hacer caso de la indiferencia que a veces busca pretextos para no atender al que está en el camino esperando ser atendido.

La misericordia es el corazón de Dios, por eso debe ser también el corazón de todos los que se reconocen miembros de la familia de los hijos de Dios. Por eso, Jesús nos advierte del amor con el que tenemos que tratar a los extranjeros, a los enfermos, a los encarcelados, a los sin hogar e incluso a los enemigos.

Por todo ello es necesario que la Iglesia testimonie en primera persona la misericordia. Por ello, en las comunidades, parroquias, asociaciones..., donde haya cristianos, cualquiera debe encontrar ahí un oasis de misericordia. Todos nos debemos sentir responsables de todos.

En segundo lugar, promover una cultura de solidaridad y de misericordia para vencer la indiferencia.

Esto se debe llevar a cabo en las familias, lugar en el que se viven y transmiten en primer lugar los valores del amor y la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y el cuidado del más débil.

Los educadores y formadores están llamados a tomar conciencia de su responsabilidad para ver las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona.

También los que se dedican a la cultura y los medios de comunicación tienen como misión ponerse al servicio de la verdad y no de intereses particulares.

Los responsables de los Estados están llamados dirigir su mirada más allá de sus fronteras permitiendo a todos participar en la toma de decisiones y conseguir la fraternidad también dentro de la familia de las naciones.

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