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LA ACCIÓN CARITATIVA Y SOCIAL DE LAS HERMANDADES Y COFRADIAS

Sería descubrir el Mediterráneo si pretendiéramos ponderar la importancia del conjunto de hermandades y cofradías en la experiencia de fe de los católicos de nuestra diócesis. Todos, de un modo u otro, en un momento de nuestra vida o durante toda nuestra biografía, hemos estado vinculados a una hermandad o a la devoción a una imagen. Tal vez algunos fueron apuntados antes a la hermandad de era miembro su padre que al registro civil.

Por eso el capital simbólico y las raíces sociales que poseen las hermandades y cofradías en nuestra diócesis son muy importantes. Ellas hacen que comprendamos nuestra vinculación familiar y social desde unos símbolos religiosos. Ellas articulan la sociedad de muchos de nuestros barrios y pueblos siendo lugar de encuentro, de comunicación, de iniciativa comunitaria. Tan entroncada está la realidad de muchas personas con el movimiento de las hermandades que en ellas se manifiesta lo mejor y lo peor de la humanidad: los sentimientos más sublimes y altruistas, la oración que más llega al corazón, las mayores deformaciones religiosas y las ansias de poder y de prestigio más soterradas. Todo esto lo conocéis, mejor que nadie, los que desde la fe intentáis que vuestra hermandad sea instrumento de la Iglesia al servicio del Reino de Dios. Sobre todo a vosotros me dirijo.

Sin embargo, los que todavía siguen enquistados en valorar la hermandad desde el conflicto con las hermandades rivales, los que consideran a la hermandad un universo aparte del resto de los grupos y movimientos de la Iglesia, los que siguen manteniendo la creencia de que la hermandad es un fin en sí misma y no entienden la misión intrínseca que tiene de evangelizar, de dar testimonio auténtico de la fe en Jesucristo, de acoger y construir el Reino de paz, de justicia, de libertad y de amor que el Padre nos regala en su Espíritu, no podrán entender lo que quiero comunicarles.

El Cardenal Arzobispo de Sevilla, Don Carlos Amigo Vallejo, en su carta pastoral para la asamblea de los laicos, nos recordaba que la vida de las hermandades está estructurada desde las tres dimensiones fundamentales de todo grupo cristiano: la evangelizadora, la caritativa y la celebrativa. No puede entenderse una parroquia en la que los niños, los jóvenes y los adultos no tengan oportunidad de formarse en su fe y en la que no haya preocupación por anunciar la fe a los no creyentes. Tampoco puede entenderse una parroquia que se desentienda de los problemas de los más pobres; mal comunidad cristiana sería la que encontrándose a una víctima malherida al borde del camino no interrumpiera su labor cotidiana para atenderla y ayudarla. Tampoco sería cristiana una comunidad que no rezara en común a un Dios que es Padre de todos; que no tuviera símbolos en los que todos los creyentes se abrieran a la presencia salvadora de Dios en sus vidas; no puede haber parroquia sin sacramentos, sin oración.

Pues este esquema tripartito es el que el Cardenal ha aplicado a las hermandades y cofradías: ninguna hermandad sin cauces de formación para los hermanos, ninguna hermandad sin una bolsa de caridad que articule su compromiso con los más pobres, ninguna hermandad sin celebraciones de la fe que hagan participar a sus miembros de la fuerza de Dios en sus vidas.

El problema está en que la vida de las hermandades bascula muchas veces sobre esta ultima dimensión de lo celebrativo y lo devocional. Todo se articula para y por las procesiones, los vía crucis y rosarios, cultos a los titulares, etc. Tan importante debe ser para una cofradía verdaderamente cristiana la procesión anual y los cultos a los titulares como la actividad cotidiana del grupo que forma la bolsa de caridad. Y es que no merece el nombre de cristiano el que no se preocupa verdaderamente de las personas que sufren a su lado. No puede hablar de amor a Dios quien no se preocupa del prójimo cuando está desamparado y oprimido. No puede considerarse como cristiana ninguna agrupación que no ponga la caridad con los más pobres como prioridad de su acción y de su propia realidad.

El compromiso caritativo y social de las hermandades de nuestra diócesis es desconocido, disperso y pobre. Comencemos por el último de los calificativos. Hay muchas hermandades y cofradías que muy preocupadas en aumentar su patrimonio artístico e inmobiliario y en atender los actos celebrativos descuidan a sus bolsas de caridad. No creo que sea injusto lo que se acaba de decir. Cada uno de los hermanos y hermanas de nuestras cofradías viven la caridad cristiana en la medida de sus posibilidades, pero muchas cofradías no son impulsoras y cauce de la dimensión caritativa de su bautismo.

Ciertamente casi todas las hermandades ejercen algunas acciones solidarias: dan dinero a alguna asociación benéfica, a Cáritas especialmente, colaboran con campañas de solidaridad, atienden a familias que les llegan con alguna petición económica, etc. Pero son acciones dispersas y puntuales. No hay un programa de formación y acción solidaria sistemático, realista y ambicioso. Nos conformamos con repartir un tanto por ciento muy pequeño del dinero que depositan los hermanos en su cofradía.

Además, y esto hay que subrayarlo en honor a la verdad, las acciones más profundas y eficaces en el servicio a la caridad que se realiza desde las hermandades y cofradías son muy desconocidas. Hay cofradías con acciones sociales muy importantes que no son ejemplo para las demás porque no se conoce su testimonio. Hay hermandades que colaboran con dinero y voluntarios con Cáritas Diocesana para ayudar a familias pobres a encontrar trabajo en el Servicio de Orientación Laboral. Hay hermandades que patrocinan y organizan vacaciones de niños de países con problemas específicos y experimentan cómo los niños son semillas de tolerancia, de paz, de justicia, de verdadera solidaridad cristiana. Hay hermandades que sufragan de sus propias arcas y con ayudas estatales instituciones asistenciales como residencia de discapacitados, de mujeres con problemas en la maternidad; centros de día para ancianos o enfermos con especiales dificultades; otras se han organizado para organizar una red de trabajadores de ayuda a domicilio para los ancianos más pobres y desvalidos, etc.

No es la situación general, pero tampoco son casos aislados porque cada vez va creciendo y madurando el sentimiento entre las cofradías de la diócesis que no es digno de llamarse cristiano quien no asume un compromiso real y de solidaridad con los más pobres.

El camino que cada hermandad ha de recorrer para concretar cómo ha de actualizar esa vocación de todo cristiano es diverso. Cada hermandad es un mundo, cada ámbito social en el que se inserta es distinto, cada parroquia o realidad eclesial en la que está incardinada es diferente, y, por tanto, cada hermandad habrá de buscar cómo, dónde y con quién ha de ir realizando la vocación a la caridad que Dios le hace. Pero podemos señalar algunas pistas y algunos peligros.

Un peligro a evitar es el de los protagonismos. De este riesgo no está exenta de ninguna de las instituciones de la Iglesia y ninguno de los cristianos y cristianas del mundo. Pero la relevancia de la dimensión pública de las cofradías las hace especialmente vulnerables a esta tentación. Cuando se asumen las acciones solidarias pensando excesivamente en el prestigio social que conllevan se inicia un camino que hace inviable y estéril la solidaridad. En vez de crear comunión y testimonio se crean recelos, envidias y enfrentamientos. No será difícil reconocer muchas acciones solidarias que se han frustrado porque se ha establecido una guerra de protagonismo entre diversas hermandades, o entre hermandades y parroquias o grupos de Cáritas. Solos no podían, y no querían perder el protagonismo de la propia institución. El resultado, los pobres salieron perjudicados.

Otros peligros a evitar son el de la falta de realismo y capacitación. Puede ser que una hermandad comience con ilusión una acción solidaria y después de muchos esfuerzos se da cuenta que lo que ha hecho no sirve para nada: que las medicinas que recogieron no saben a quién dárselas, o que la ropa nueva que enviaron a un país del tercer mundo sólo ha servido para reciclarla y hacer bayetas o rellenos de cojines. Muchas hermandades, como muchos grupos de Cáritas, se queman al ver que la ayuda que prestan a familias y familias es inoperante y que sólo colabora con la vagancia y la falta de responsabilidad de los padres o las madres. Para ayudar hay que estar preparados y ser muy realistas: no ayudan las buenas intenciones, sino las acciones adecuadas y una generosidad que mire siempre la auténtica promoción humana del que sufre. Quizás la verdadera ayuda a una familia que viene solicitando que le paguemos una factura de la luz no sea sólo pagársela, sino, por ejemplo, becar al hijo mayor para que entre en un curso de formación laboral y que en un año colabore con el sostenimiento económico de la casa.

Si todo el caudal humano que hay en las hermandades y cofradías de nuestra diócesis se encauza hacia una fe solidaria y comprometida, libre de ingenuidad y de afán de protagonismo, pueden convertirse en un testimonio muy importante para toda la Iglesia y para el conjunto de la sociedad.

Tenemos ahora que abordar la pregunta crucial: ¿Cómo podemos vivir, como hermandades, un auténtico compromiso social, una auténtica caridad cristiana? Ya decíamos que cada hermandad ha de buscar su propio camino, pero se pueden dar pistas que orienten e iluminen.

Una posible vía de compromiso sea la creación de instituciones para problemas sociales específicos. Una o varias hermandades pueden crear una institución que de respuesta a las necesidades de un colectivo con problemas graves. Los ancianos con algún tipo de demencia y sus familiares pueden necesitar urgentemente un centro de día que sirva de respiro familiar. Puede ser que en el ámbito social de la hermandad lo que se necesite sea una residencia de ancianos, o de discapacitados, o una residencia temporal para enfermos psíquicos, o un centro de atención a los mendigos y sin-techo, o un centro específico para futuras madres con dificultades socio-familiares, o un centro temporal para inmigrantes donde se les facilite una mejor integración social y se evite que sean presa de la marginación o la delincuencia.

Esta posible dirección del compromiso social de la hermandad ha de contar con un equipo de personas dispuestas a gestionar un importante volumen económico de donativos, de recursos de los propios beneficiarios, pero sobre todo de ayudas estatales y diversas subvenciones. Sería muy negativo que la labor de la hermandad se quedara en la gestión. Esta labor organizativa ha de complementarse necesariamente con una labor de voluntariado donde un grupo importante de hermanos y hermanas puedan ejercer directamente la solidaridad de atender al necesitado, de ayudar a los demás. Sin esto la acción solidaria pierde calor y sensibilidad humanas, y con ellas el poder de conmover el corazón que ha de tener toda acción solidaria de la Iglesia.

Otra forma posible de compromiso, menos compleja pero igual de eficaz, es la colaboración con otras asociaciones e instituciones eclesiales o civiles de ayuda a un sector específico de la población con necesidades sociales. Una hermandad puede apadrinar con dinero y con voluntarios a algún grupo parroquial o a alguna ONG dedicados a la atención a menores en situación de marginación, o crear con el grupo de Cáritas parroquial un centro para la enseñanza gratuita de español para inmigrantes, o colaborar con los diversos Servicios de Orientación Laboral de Cáritas que hay en la diócesis, o asumir proyectos de ONGs católicas o civiles de ayuda al tercer mundo, a través de las cuales el dinero enviado llega realmente y con eficacia. Pero de nuevo estas acciones sólo serán auténticamente evangelizadoras si es la hermandad en su conjunto la que se sensibiliza con la acción emprendida, y no es algo que hacen un reducido grupo de hermanos.

Las hermandades y cofradías, respondiendo a su configuración de asociaciones laicales, pueden convertirse en centros de formación social y política de los cristianos. Nuestra sociedad necesita creyentes maduros en su fe y formados en sus ideas sociales para que nuestros pueblos se construyan desde el valor de la justicia. Benedicto XVI en su encíclica invita a los laicos a asumir esta tarea. Se necesitan agentes sociales honrados, generosos, valientes, lúcidos y que antepongan la verdad y la justicia a los intereses sectarios y partidistas. Las hermandades, junto con otras instituciones de la diócesis, están llamadas a ser semillero de vocaciones laicales.

El referente constante de la acción solidaria de las hermandades ha de ser Cáritas; tanto la Cáritas diocesana, como la Cáritas arciprestal, como la parroquial. Los protagonismos sólo sirven al fracaso y al anti-testimonio; y por eso hemos de contar siempre con la experiencia, la sensibilidad social y la estructura de Cáritas para orientar nuestro compromiso social.

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