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Homilía de Mons. Asenjo Pelegrina en la Parroquia de la Sagrada Familia de Sevilla, 24 enero 2011

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Estuvieron presentes la Iglesia Ortodoxa Armena, Iglesia Ortodoxa Rumana, Iglesia Ortodoxa Rusa, Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE) e Iglesia Evangélica. Se comenzó con unas palabras del Delegado de Ecumenismo, Manuel Portillo, presentando a las diversas Iglesias y Comunidades Eclesiales, se proclamaron las lecturas del día séptimo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, hubo cantos.

En la homilía el Arzobispo habló de los tres pilares del ecumenismo: el primero, la constatación dolorosa de que hoy la cristiandad no es una, como consecuencia de las escisiones producidas en la Iglesia en el segundo milenio del cristianismo. El segundo pilar es la convicción de que esta realidad dolorosa es contraria a la voluntad de Jesús, que en la víspera de su Pasión, pide al Padre que su Iglesia permanezca unida, que todos seamos uno, como Él y el Padre son uno, para que el mundo crea. El tercer pilar del ecumenismo es la conciencia de que la desunión entre los cristianos es un escándalo y un grave obstáculo para la evangelización, pues el mundo sólo creerá en nosotros en la medida en que seamos uno, conforme al deseo de Jesús.

Se hicieron peticiones por la Unidad de los cristianos, se rezó el Padre Nuestro, el saludo de paz, se tomó la luz del Cirio Pascual y el Arzobispo encendió las velas de niños y jóvenes, mientras la asamblea cantaba un himno al Resucitado.

 

Homilía de Mons. Asenjo Pelegrina en la Parroquia de la Sagrada Familia de Sevilla

ENCUENTRO DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Parroquia de la Sagrada Familia, Sevilla, 24, I, 2011

Comienzo mi homilía saludando con afecto fraterno a los hermanos cristianos de otras Iglesias y comunidades eclesiales que han querido compartir con nosotros este encuentro de oración. Sed bienvenidos a esta parroquia de la Sagrada Familia que nos acoge. Saludo igualmente al Delegado Diocesano de Ecumenismo, al párroco y al vicario parroquial, a los hermanos sacerdotes, y a todos los que en esta tarde participáis con gozo en esta celebración.

Nos hemos reunido para orar por “la sacrosanta intención de la unidad", como la llamara el Papa Juan XXIII, una de las causas más hermosas y urgentes en esta hora de la Iglesia y del mundo. La restauración de la unidad es hoy una de las primeras prioridades pastorales de la Iglesia católica. Así lo declaraba el Papa Juan Pablo II en la encíclica "Ut unum sint", al afirmar que "la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible en el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del Señor", al mismo tiempo que reconocía que la consolidación del movimiento ecuménico es "la gran gracia de Dios a su Iglesia en el momento actual". Benedicto XVI, por su parte, en su primera homilía al día siguiente de su elección, se comprometía a "asumir como compromiso prioritario y apremiante deber [de su ministerio] trabajar con el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo".

Los pilares del ecumenismo son fundamentalmente tres: el primero, la constatación dolorosa de que hoy la cristiandad no es una, como consecuencia de las escisiones producidas en la Iglesia en el segundo milenio del cristianismo. El segundo pilar es la convicción de que esta realidad dolorosa es contraria a la voluntad de Jesús, que en la víspera de su Pasión, pide al Padre que su Iglesia permanezca unida, que todos seamos uno, como Él y el Padre son uno, para que el mundo crea. El tercer pilar del ecumenismo es la conciencia de que la desunión entre los cristianos es un escándalo y un grave obstáculo para la evangelización, pues el mundo sólo creerá en nosotros en la medida en que seamos uno, conforme al deseo de Jesús.

En los últimos cincuenta años los cristianos de las distintas confesiones hemos recorrido un camino que ni los más optimistas habrían soñado a principios del siglo XX. Hemos roto el hielo del desconocimiento y de la desconfianza, hemos superado muchas barreras psicológicas que nos separaban, hemos olvidado recelos e incomprensiones de siglos y hemos eliminado de nuestro lenguaje palabras y calificativos injuriosos. Las grandes iglesias cristianas se han pedido mutuamente perdón por la culpa que cada una de ellas pudiera haber tenido en la separación. Y lo que es más importante, hemos profundizado en el conocimiento mutuo y hemos creado un clima de diálogo amistoso y fraterno, con la convicción de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, pues, ante todo somos hermanos, hijos de un mismo Padre, con muchos tesoros en común.

Una tentación que los cristianos de las distintas confesiones podemos sentir es pensar que el quehacer en favor de la unidad nos es ajeno, por ser algo que corresponde a los líderes de nuestras Iglesias y a los teólogos que participan en el diálogo institucional. Esto no es verdad. Todos los cristianos hemos de comprometernos en el trabajo por la unidad. Por ser miembros del Cuerpo de Cristo en virtud de nuestro bautismo, nos deben preocupar todos los problemas de la Iglesia y también éste, que no es un apéndice en su vida, sino algo que pertenece a su esencia más íntima, un tema mayor y de gran calado. Todos, pues, estamos obligados, en virtud de nuestro bautismo, a sentir como propias las preocupaciones y dolores de nuestras Iglesias, a trabajar por la unidad y a vivir el ecumenismo espiritual, que los documentos de la Iglesia concretan en tres actitudes.

La primera es la renovación interior y la conversión del corazón. Efectivamente, no puede haber verdadero ecumenismo sin conversión interior. No cabe duda de que si los cristianos de todas las confesiones fuéramos más fieles al Señor, más dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo y aspiráramos con determinación a la santidad, caerían pronto los muros que nos separan y llegaría enseguida la unidad. Éste es, sin duda, el camino más corto para lograrla: nuestra conversión al Señor, que es nuestro verdadero y único punto posible de convergencia.

La segunda actitud es la oración y el sacrificio. Todos los que trabajan en el campo del ecumenismo están convencidos de que para restaurar la unidad de los cristianos se necesita un milagro, ya que el camino se halla poblado de dificultades, no sólo doctrinales sino también ambientales, históricas, culturales y psicológicas. Los milagros pertenecen a Dios en exclusiva. Pero a Dios tenemos acceso mediante la oración. Por eso, la oración es el medio principal en el camino hacia la unidad, el alma del movimiento ecuménico, pues la restauración de la unidad llegará cuando Dios quiera. No será consecuencia de nuestros cálculos, proyectos, esfuerzos y trabajos, sino don de Dios y obra del Espíritu.

El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad, que "unifica a la Iglesia en la comunión y en el ministerio" (LG 4), y la enriquece con la variedad de sus dones, es también Espíritu de unidad. Como nos dice el gran cantor de la unidad de la Iglesia, San Cipriano, "es el lazo de la unidad del Padre y del Hijo". Él es el protagonista de todo esfuerzo hacia la plena unidad. Por ello, nosotros en esta tarde y siempre nos dirigimos a Él implorando la gracia de la unidad, que sólo Él nos puede conceder.

El tercer camino es vivir la unidad en el ambiente en el que se fragua y desarrolla nuestra propia vida, procurando ser sembradores de paz y de reconciliación en muestras relaciones con los cristianos de otras confesiones, eliminando de nuestros labios y de nuestras actitudes todo aquello que pueda quebrar la fraternidad, mirándonos siempre como hermanos y colaborando en el servicio a los pobres, en la lucha por la justicia, en la defensa de la dignidad de la persona humana, la libertad religiosa y defendiendo los derechos de Dios en la vida pública. Se abre aquí un amplio campo de colaboración, que yo ofrezco a los hermanos cristianos de otras confesiones, a los que ofrezco también mi franca y sincera amistad, la amistad de la Iglesia católica que peregrina en Sevilla.

La Semana de la Unidad en este año dirige su mirada a los cristianos de la comunidad de Jerusalén, que según el libro de los Hechos vivían unidos en la enseñanza de los Apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración. Ello fue posible con la fuerza de Cristo Resucitado. Este dinamismo continúa actuando hoy. El Señor Resucitado nos ha reunido en esta tarde y está en medio de nosotros, cristianos de diferentes confesiones, y nos invita a llevar la noticia a nuestros hermanos de que Él vive, glorioso y resucitado y que Él es quien da sentido y esperanza a nuestra vida. Y lo haremos con entusiasmo porque Él va delante de nosotros. En esta tarde reproducimos en Sevilla aquella unión de corazones vivida por la comunidad de Jerusalén, al tiempo que pedimos insistentemente al Señor que alboree pronto el día radiante y luminoso de la unidad plena y visible. Así sea.

+ Juan José Asenjo Pelegrina Arzobispo de Sevilla

 

 

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