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Evangelizadores como Jesús
15/02/2015

Queridos hermanos y hermanas:

Ella es la fragua en la que se templa y crece incesantemente nuestra comunión con el Señor y ella es el manantial en el que se renueva, refresca y robustece nuestra comunión fraterna.

El evangelio de este domingo se sitúa en los primeros compases de la actividad misionera de Jesús, en los que su dedicación preferente es el anuncio del Reino de Dios, corroborado con la curación de los enfermos, en este caso de un leproso, y la liberación de los endemoniados. Merece la pena que reflexionemos sobre el estilo apostólico de Jesús, que nos brindan los evangelios. Jesús habla a sus oyentes de Dios, de su gracia y su salvación, de su misericordia, de la conversión, de la necesidad de abandonar el pecado y del cumplimiento de la voluntad de Dios como camino de libertad, de vida y de salvación. La bondad de Dios anunciada por Jesús, la refrenda con su compasión por los que sufren y con su dedicación incansable a curar a los leprosos, a los tullidos, a los ciegos y a los sordos, a consolar, liberar y santificar. Sus preferidos son los enfermos, los pobres, los despreciados y los cautivos del demonio.

En este domingo, san Pablo nos insta a seguir su ejemplo en el trabajo evangelizador, procurando servir en todo a todos, no buscando su propio bien, sino el de ellos, para que todos se salven. Este es el estilo apostólico de san Pablo, gastarse y desgastarse para anunciar de balde el Evangelio a sus hermanos, porque esa es la actitud de Jesús. Y estas deben ser también nuestras actitudes en la evangelización a la todos estamos llamados.

¿Cómo continuar hoy la misión del Señor, su anuncio del Reino y su opción preferencial por los más necesitados? En nuestras parroquias, en nuestros barrios, en el bloque en que vivimos hay enfermos, personas que viven solas, necesitadas de cariño e incluso de medios de subsistencia. Si la Eucaristía es el lugar de la Iglesia y de cada cristiano y su quehacer principalísimo, el servicio abnegado y gratuito a los pobres es también nuestro lugar natural y la prueba mejor de la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas, como nos dijera el papa Juan Pablo II en la carta apostólica Mane nobiscum, Domine.

Pero ¿quiénes son hoy los leprosos y los endemoniados? De algún modo, todos y cada uno de nosotros. Mientras la lepra prácticamente ha desaparecido del primer mundo y es menos habitual la posesión diabólica, es, sin embargo, frecuente la lepra espiritual y el dominio moral del demonio sobre nosotros a través del pecado, de las pasiones dominantes que atenazan nuestra libertad, del egoísmo y del error que ofusca nuestras mentes. Jesús cura a los leprosos y a los endemoniados como signo de la llegada del Reino. Esto quiere decir que para recibir en nuestro corazón el Reino de Jesús, hemos de luchar contra el pecado que nos envilece y contra el error con que el demonio, príncipe de la mentira, nos esclaviza, para vivir en santidad y justicia, reconociendo la soberanía de Dios y cumpliendo su voluntad, todo lo cual se resume en una palabra, la conversión, que debemos desear para nosotros y para nuestros hermanos.

Anunciar a Jesucristo e invitar a nuestros hermanos a la conversión es nuestra razón de ser; anunciarlo con el mismo fuego de san Pablo, que se siente feliz de entregar gratuitamente el Evangelio de Jesús, sin recibir nada a cambio. El apóstol, el sacerdote bueno y celoso, el cristiano comprometido que ama de verdad al Señor, no pierde ocasión de anunciar el Evangelio y de entregar a sus hermanos el tesoro de la vida nueva de Jesús que él mismo ha experimentado.

Sorprende el contraste entre lo que le sucedía a Jesús y lo que nos sucede a nosotros. La población entera se apiñaba para acercarse a Él. “Todos te buscan”, escuchábamos en el evangelio del domingo pasado. Hoy no somos capaces de despertar entre las gentes este entusiasmo por Jesús. Pocos le buscan de verdad. La culpa es nuestra, porque nos falta coraje y entusiasmo para mostrar a nuestros hermanos la grandeza y la bondad de Dios, invitarles a la conversión, ayudarles a liberarse del poder del demonio viviendo en la gracia y en la justicia de Dios y reconociendo que sólo Jesucristo es camino, verdad y vida de los hombres, única esperanza para el mundo, fuente de paz, de alegría y de sentido para nuestras vidas.

Deseando que el Señor nos conceda a todos el coraje y el entusiasmo  evangelizador de san Pablo, para todos mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo PelegrinaArzobispo de Sevilla.

 

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