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Cartas Sr. Arzobispo
Las realidades finales de nuestra vida (II)
11/11/2012

Queridos hermanos y hermanas:

En mi carta anterior, os hablaba de los Novísimos, de las verdades últimas de nuestra vida. La terminaba evocando el evangelio de las diez vírgenes, en el que el Señor nos invita a vivir vigilantes como las doncellas prudentes que esperan a su señor con las lámparas encendidas.

La vigilancia no es vivir bajo el temor de un Dios justiciero y vengativo que está esperando nuestros errores para castigarnos. Esta actitud de desconfianza y miedo ante Dios y ante el mundo sólo engendra personas obsesivas y escrupulosas, que piensan que Dios es un ser predispuesto contra el hombre, quien debe ganarse su salvación con sus solas fuerzas y luchando contra enormes imponderables.

La vigilancia cristiana es una actitud positiva que tiene como base el optimismo sobrenatural de sabernos hijos de un Dios que es Padre, que quiere nuestra salvación y que nos da los medios para alcanzarla. Es concebir la vida cristiana como una respuesta amorosa a un Dios que nos ama, que es fiel a sus promesas y que espera nuestra fidelidad con la ayuda de su gracia.

La actitud de vigilancia debe penetrar y matizar toda la vida del cristiano, para saber distinguir los valores auténticos de los aparentes. Los medios de comunicación social, que el Concilio Vaticano II calificó como "maravillosos inventos de la técnica de nuestro tiempo", en muchos casos difunden modos de pensar, de actuar y de entender la vida que nada tiene que ver con los auténticos valores humanos y cristianos. Abrir un periódico o poner la televisión muchas veces es encontrarse con el Evangelio al revés, puesto que en ocasiones se canonizan formas de comportamiento ajenas al espíritu cristiano. Se impone, pues, una actitud crítica ante lo que vemos, escuchamos o leemos y una independencia de criterio ante los mensajes contrarios al Evangelio con que, directa o indirectamente, nos agreden algunos medios de comunicación. Esta actitud crítica muchas veces nos deberá llevar a apagar el televisor o no encenderlo, para que no nos arrollen los criterios paganos e incluso anticristianos que algunos medios difunden.

La vigilancia es también necesaria para que no debilite nuestra conciencia moral, para conservar una conciencia moral recta, que sabe distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo recto de lo torcido. De lo contrario, la conciencia puede endurecerse y cauterizarse hasta perder el sentido moral, el sentido del pecado, que es uno de los peligros más graves que nos acechan a los cristianos de hoy. La vigilancia cristiana en este caso nos debe llevar a poner los medios para conservar la rectitud moral: la confesión frecuente, precedida de un examen sincero de conciencia, y el examen de conciencia diario para ponderar nuestra fidelidad al Señor, son la mejor garantía para mantener la tensión moral y la rectitud y delicadeza de conciencia.

Es necesaria también la vigilancia ante los posibles peligros que pueden debilitar nuestra fe o nuestra vida cristiana. El cristiano no puede vivir en una atmósfera permanente de miedo o de temor, porque cuenta con la ayuda de la gracia de Dios, pero tampoco ha de ser frívolo o superficial, ni creerse invulnerable ante los peligros o tentaciones del demonio. Ha de vivir su vida cristiana con hondura, con responsabilidad y sabiduría, para descubrir los peligros que pueden poner en riesgo nuestra fe y, sobre todo, el mayor tesoro del cristiano, la vida de la gracia, que es comunión con el Padre por el Hijo en el Espíritu, que vive en nosotros dando testimonio de que somos hijos de Dios. La vida de la gracia es ya en este mundo prenda y anticipo de la vida de la gloria, a la que Dios nos tiene destinados.

Para vivir gozosamente la esperanza cristiana en la salvación definitiva, a la que nos invitará la Palabra de Dios en las últimas semanas del año litúrgico, no hay mejor camino que tomar en serio el momento presente en función de los acontecimientos finales, pues nuestro fin será como haya sido nuestra vida. Si cada día tratamos de ser fieles al Señor en nuestro propio estado, en nuestra situación y circunstancias, viviremos vigilantes y estaremos preparados para "el día y la hora" de que nos habla el Señor en el Evangelio. Este es el estilo de los amigos de Dios que son los santos. De este modo no consideraremos la muerte como una tragedia, ni la miraremos con temor y temblor, sino que la esperaremos con la paz y la alegría de quienes se preparan para el abrazo definitivo con Dios.

Que sea Él quien aliente nuestra vigilancia con su custodia fuerte y amorosa, pues como dice el salmo 127 "Si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas". Que la Santísima Virgen, a la que todos los días decimos muchas veces "ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte", nos cuide y nos proteja ahora y en los momentos finales de nuestra vida.

 

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla.

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