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Cartas Sr. Arzobispo
Las realidades finales de nuestra vida (I)
04/11/2012

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos comenzado el mes de noviembre. En él la Iglesia nos invita a encomendar a los difuntos, al mismo tiempo que nos recuerda los Novísimos, es decir, las realidades finales de nuestra vida, la realidad cierta de la muerte, el juicio particular que seguirá a la muerte de cada persona, el juicio universal que seguirá a la resurrección de los muertos, el infierno como alejamiento definitivo de Dios, el purgatorio, como lugar de purificación, y el cielo como encuentro con Dios y logro definitivo de la salvación.

Hoy no es popular predicar estas verdades, que se han ido desdibujando entre nosotros en las últimas décadas. Encuestas recientes nos dicen que nuestro pueblo sigue siendo mayoritariamente católico. Sin embargo, sólo un 60% de nuestros fieles cree en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Todavía son menos, en torno a un 55%, los que creen en la existencia del infierno.

Estos datos revelan una defectuosa concepción de Dios, que en Cristo ha vencido a la muerte, que es un ser personal cercano a sus criaturas, especialmente al hombre, al que ha creado a su imagen para establecer con él una relación de amor y de amistad. Estos datos reflejan también el avance de lo que algunos han llamado la cultura de la desesperanza, que crece cada día al comprobar el fracaso de las grandes utopías y las consecuencias negativas del progreso en aspectos tan importantes como la ecología y la justicia social.

Estamos ante lo que se ha calificado como el fin de la modernidad y el fin de la historia. Fracasados los grandes proyectos por los que la humanidad ha luchado y sufrido a lo largo del siglo XX, muchos hombres y mujeres reducen los ideales humanos a lo inmediato, a lo cotidiano, a disfrutar del momento presente: el viaje del fin de semana, las vacaciones, la segunda vivienda, y el disfrute de la comida o la bebida como único camino de felicidad. Con ello retorna el viejo ideal materialista, que en la antigüedad se resumía en esta frase: "comamos y bebamos que mañana moriremos".

Una consecuencia de la falta de esperanza es la vuelta a formas primitivas de esperanza. El ser humano no puede vivir sin proyectarse hacia el futuro y, al prescindir de la esperanza de una vida feliz junto a Dios, retorna a distintas formas de superstición, como la astrología, los horóscopos, la adivinación, la quiromancia o la fe en la reencarnación. Otra consecuencia de la falta de esperanza es el obscurecimiento de los valores morales. Si se niega la vida futura y no existe premio o castigo después de la muerte, lo único que cuenta es sacar el máximo partido al momento presente. No debe extrañarnos, pues, que abunden entre nosotros conductas insolidarias, antisociales, inmorales o corruptas, puesto que a la larga lo único que sustenta y justifica el esfuerzo moral es la fe en Dios y la esperanza en la vida futura.

Por ello, la Iglesia, hoy más que nunca, tiene el deber de predicar a sus hijos las verdades últimas de nuestra vida, que con gran precisión y claridad nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: "Creemos firmemente, y así lo expresamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día" (n. 655).

La fe cristiana debe ser enseñada en toda su integridad y armonía y a la integridad del mensaje cristiano pertenece el anuncio de la esperanza en la vida eterna. En la predicación los pastores de la Iglesia hemos de evitar presentar la posibilidad de la condenación eterna de un modo terrorífico y desproporcionadamente amenazador. Pero al mismo tiempo que anunciamos el destino glorioso que a todos nos espera, no debemos silenciar que ese destino feliz se puede frustrar a causa del pecado, lo cual debe estimular la responsabilidad personal de los fieles.

Os recuerdo el evangelio de las diez vírgenes. En él contrapone Jesús la actitud de las vírgenes necias, desprovistas de aceite ante la llegada del esposo, y que son excluidas del banquete de bodas, y la actitud sabia de las vírgenes prudentes que acuden a esperarlo con las lámparas encendidas y las alcuzas bien llenas y que son admitidas al banquete (Mt 25,1-13). La parábola termina con esta seria advertencia: "Por tanto, velad porque no sabéis el día ni la hora".

El día y la hora de los que habla el Señor son el día y la hora de nuestra muerte, una realidad insoslayable y cierta, la única seguridad con que contamos a la hora de programar nuestro futuro. Ese día y esa hora nos llegará a todos, aunque desconozcamos el momento, el cómo y las circunstancias. Lo único cierto es que sucederá. Por ello, se impone la vigilancia. A ella dedicaré mi próxima carta.

 

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla.

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