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Caminos de Encuentro
10 julio 2011
Cartas de Mons. Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

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Queridos hermanos y hermanas:

La Jornada de Responsabilidad en el Tráfico, que celebramos en este domingo, tiene por lema "Caminos de encuentro". Un año más la Iglesia nos invita a reflexionar sobre algo tan característico de nuestra sociedad como es la movilidad humana, que se incrementa espectacularmente en los meses de verano.

El crecimiento de la circulación vial es fruto de una sociedad en continuo desarrollo. El tráfico constituye un fenómeno de gran trascendencia para la economía, las relaciones humanas, el ocio y el trabajo. Todos estos aspectos son muy positivos, pues con ellos se logra el intercambio de bienes y servicios, el conocimiento de los otros y la socialización de la persona. Pero esta característica de nuestra sociedad se convierte por desgracia en sufrimiento y muerte cuando el motor se enciende para hacer una carrera de temeridad, evasión y desprecio de las prohibiciones y normas de circulación, con las consecuencias irreversibles que delatan las cifras y estadísticas. En el año 2010 hubo en el mundo 1,2 millones de muertos, de los que la tercera parte fueron jóvenes menores de 25 años, y 50 millones de heridos por accidentes de tráfico. El 90% de los accidentes se debieron a errores humanos.

Ante un panorama tan desolador la Asamblea General de la ONU en 2004 afrontó este problema en una sesión plenaria sobre la seguridad vial con objeto de sensibilizar a la opinión pública sobre las proporciones del fenómeno y formular las recomendaciones oportunas. Mucho antes, el Papa Pablo VI ya había llamado la atención sobre la «demasiada sangre que se derrama cada día en la lucha absurda contra la velocidad y el tiempo».

La Iglesia ha sido siempre muy sensible ante este problema, afirmando que conducir en determinadas condiciones, infringir conscientemente las leyes de tráfico y poner en peligro la vida propia o la ajena, supone una violación de la ley moral. En esta línea, el Papa Pío XII afirmaba que "las consecuencias, a menudo dramáticas, de las infracciones del código de circulación le otorgan un carácter obligatorio intrínseco mucho más grave de lo que se piensa generalmente". Más recientemente, el Papa Juan Pablo II afirmaba que «es preciso que cada uno se proponga crear, mediante el estricto respeto del código de circulación, una "cultura de la carretera", fundada en la extensa comprensión de los derechos y deberes de cada uno y en el comportamiento coherente que de ello se sigue».

La Jornada de Responsabilidad en el Tráfico pretende fomentar la "cultura de la carretera", inculcando en conductores y peatones el respeto a la propia vida y la de los demás y el cumplimiento de las normas de tráfico como deber moral. Para un cristiano, conducir debe ser "camino de encuentro" con los hermanos, peregrinos y viajeros en el mismo camino de la vida, utilizando responsablemente la vía pública y el propio vehículo, evitando daños a las personas y a las cosas, socorriendo a los que lo necesitan y perdonando los fallos de los otros, santificándose mediante el ejercicio de las virtudes de la prudencia, la solidaridad y la caridad, y elevando la mente a Dios a través de la oración y la contemplación de la belleza de la naturaleza.

En España asistimos en los últimos años a un esperanzador descenso del número de víctimas mortales. Sin embargo, aún hay muchos aspectos negativos en la circulación vial, el exceso de velocidad, el incumplimiento de las normas del código de circulación, el uso indebido del móvil, el consumo de estupefacientes o alcohol, el desprecio del cinturón de seguridad o del casco... Es mucho lo que se ha conseguido, pero nos urge el deber humano y cristiano de velar por la vida de todos nuestros hermanos (cf. Gn 4, 9), entendiendo que la carretera debe ser ante todo lugar de encuentro, de convivencia serena y de fraternidad.

Por todo ello, hago un llamamiento a la prudencia y responsabilidad en el tráfico, de manera especial a quiénes en estas semanas se ponen en camino para llegar a los lugares de descanso. Es necesario combatir y evitar todo aquello que en un instante puede arruinar el futuro propio y el de los demás, así como oscurecer irremediablemente la belleza de la vida, que por ser preciosa y única, debe ser cuidada con esmero, defendida y protegida siempre como el don más precioso que Dios nos ha dado.

Rezad en esta Jornada por cuantos han perdido la vida en los accidentes de circulación, por las familias que quedan rotas o en la más profunda indigencia, por cuantos van a salir de vacaciones, por todos los profesionales del volante y sus familiares, que esperan siempre su regreso, y por los agentes de tráfico que velan por nuestra seguridad. Que Dios os bendiga, acompañe y proteja. Que también San Rafael, San Cristóbal y la Santísima Virgen del Camino velen por nosotros.

Para todos, especialmente para los conductores, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla.

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