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Vivir hoy la Semana Santa
Carta Pastoral 10 Abril 2011

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Queridos hermanos y hermanas:

Un año más la Iglesia nos invita a celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. En la Eucaristía del Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, escucharemos el relato de la Pasión según San Mateo, quien subraya el silencio de Jesús ante Pilatos, silencio elocuente, silencio creador, presagio de la epopeya divina de nuestra salvación. El filósofo Ortega y Gasset dejó escrito que "si se quiere de verdad hacer algo en serio, lo primero que hay que hacer es callarse". Este pensamiento nos ayuda a comprender el silencio impresionante de Jesús en su Pasión y Muerte, el momento más "serio" de su vida y el acontecimiento más "serio" de la historia de la humanidad. En él realiza la obra de nuestra redención desde el lenguaje del silencio, que es el lenguaje del amor, de la hondura y de la generosidad de un Dios que entrega libremente su vida por nosotros.

En un mundo inundado de palabras, que se convierten en muchos casos en ruido deshumanizante, en este Domingo de Ramos, os invito a buscar el silencio interior. Sólo desde la "soledad sonora" y fecunda del silencio es posible la conversión, el encuentro con nosotros mismos, con la verdad del hombre y con el rumor de Dios, sólo perceptible en el silencio.

Este silencio interior es especialmente necesario en estos días. Vivir la Semana Santa hoy no es fácil. Por lo menos no lo es como hace sólo unas décadas, en las que el ambiente era esencialmente religioso. Hoy son muchos los señuelos y ruidos con que trata de seducirnos la sociedad consumista y secularizada en que vivimos. Por ello, vivir hoy con seriedad y provecho espiritual, desde el silencio orante, la epopeya de la Pasión del Señor tiene un mérito mayor. Ojalá lo hagamos en familia, participando todos sus miembros en las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual. En ellas vamos a actualizar los misterios centrales de nuestra fe. Preparémonos para vivirlas reconciliándonos con Dios y con nuestros hermanos en el sacramento de la penitencia. Busquemos espacios amplios para el silencio, la reflexión y la oración contemplativa.

Agradezcamos al Señor la institución del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre en el Jueves Santo y visitémoslo con piedad y unción en los Monumentos. Vivamos con gratitud inmensa la liturgia del Viernes Santo y abramos nuestro corazón para que la sangre derramada de Cristo sane nuestras heridas, penetre en nuestro espíritu, nos convierta y nos santifique. Participad también en la Vigilia Pascual. La Semana Santa no termina en el Calvario, sino en la mañana radiante de Pascua, cuando Cristo, rotas las cadenas de la muerte, asciende victorioso del abismo. Vivid con gozo la Pascua del Señor. Uníos al Aleluya exultante de la Iglesia que celebra la resurrección del Señor, la verdad central de nuestra fe, el fundamento más firme de nuestra esperanza y la seguridad más cierta de que el objeto de nuestro amor vive, pues su Padre lo resucita al tercer día devolviéndole el Espíritu que Él le entregara en el Calvario.

Acompañemos al Señor con recogimiento y sentido penitencial en las hermosísimas estaciones de penitencia de la Semana Santa sevillana, que no son primariamente manifestaciones culturales, ni espectáculos de interés turístico, sino expresión de la religiosidad de nuestro pueblo y manifestaciones de piedad y fervor. Ni las procesiones, ni las sagradas imágenes, ni sus pasos, suplen la riqueza de la liturgia del Triduo Pascual. Es más, tienen sentido si son consecuencia de la participación en la liturgia y la suponen, si contribuyen a una celebración auténtica y fervorosa, personal y comunitaria, de la Pascua del Señor muerto y resucitado, que es nuestra Pascua.

Desde esta perspectiva, no celebrarán la Semana Santa como la Iglesia desea, quienes se limiten a participar activa o pasivamente en las procesiones si no penetran en el núcleo profundo de lo que la Iglesia celebra y actualiza. De la misma forma, cuando las manifestaciones de la religiosidad popular apartan, desvían o distraen de la celebración litúrgica del misterio de la Pascua del Señor o sólo se busca su interés turístico, cultural o costumbrista, pierden su razón de ser y se convierten en mero espectáculo sin meollo, cuando no en una adulteración de los misterios santos que en estos días celebramos.

Dios quiera que vivamos estos días con hondura. Dios quiera que nos sirvan para renovar nuestra vida cristiana personal y comunitaria. Ojala favorezcan nuestro encuentro con Cristo, que transforma nuestras vidas, si nosotros nos dejamos transformar por la eficacia de su sangre redentora. Ojala que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en la Pascua florida, resucite sobre todo en nuestros corazones y en nuestras vidas. Sólo así experimentaremos la verdadera alegría de la Pascua.

Este es mi deseo para todos los cristianos de la Archidiócesis. Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición. Feliz y religiosa Semana Santa.

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

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