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Mensaje de la CEE por la canonización de María de la Purísima
«una santa como nosotros»

La Permanente de la Conferencia Episcopal Española ha lanzado un mensaje ante la próxima canonización de la española María de la Purísima, de las Hermanas de la Cruz. Una santa fallecida hace tan sólo 17 años, que, como ha señalado el secretario general de la CEE, José María Gil Tamayo, «nos recuerdan que los santos son personas que están entre nosotros, personas normales que nos muestran que en mitad de los mismos problemas y situaciones que todos vivimos hoy es posible entregarse por completo a Jesucristo».

1. ¡Demos gracias al Señor, que es admirable siempre en sus Santos! Le mostramos nuestra gratitud porque el próximo 18 de octubre el Papa Francisco canonizará en Roma a la Beata María de la Purísima, séptima Superiora General de la Compañía de las Hermanas de la Cruz.

2. Esta Congregación fue fundada, en 1875, por santa Ángela de la Cruz, canonizada en Madrid por el Papa san Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003. El eje central de su espiritualidad lo constituye la contemplación existencial de dos cruces: la de Cristo y «la otra» «a la misma altura, pero no a la mano derecha ni a la izquierda, sino enfrente y muy cerca», en la que ella se ve crucificada cara a cara a su Redentor.

3. Se origina así una forma de vida consagrada donde se entrelazan de manera sencilla la contemplación y la actividad apostólica con los más pobres y desvalidos de la sociedad. Para llevar a cabo esta síntesis original de entrega total a Dios y a los hombres, las Hermanas de la Cruz tratan de vivir una fuerte espiritualidad de olvido de sí («del no ser…»), mostrando de este modo a todos la alegría evangélica y dedicándose al servicio de los más pobres, siendo pobres como ellos. Esto requiere fidelidad a la oración, amor a la Eucaristía y demás sacramentos de la Iglesia, devoción filial a la Santísima Virgen, imitación de los santos, mortificación en la vida diaria y ejercicio de las obras de misericordia. Su ayuda a los necesitados se concreta en la asistencia, día y noche, a los enfermos en sus domicilios y en el servicio a los pobres, sus verdaderos «amos y señores». Así lo afirman las Constituciones de esta Congregación que acoge también en sus casas a mujeres ancianas y discapacitadas, y en sus colegios a niñas y jóvenes de familias que pasan por dificultades, procurando su formación humana y cristiana.

4. Esta forma de vida religiosa es la que eligió, vivió y custodió la nueva santa, Madre María de la Purísima de la Cruz (María Isabel Salvat Romero), nacida en Madrid el 20 de febrero de 1926 en el seno de una familia acomodada, que le procuró una esmerada educación cristiana. Bautizada en la parroquia madrileña de la Concepción el 8 de diciembre de 1944, ingresó en la Compañía de la Cruz a los dieciocho años. Tomó el hábito en 1945 e hizo su profesión perpetua en 1952. Superiora, maestra de novicias y consejera general, el 11 de febrero de 1977 fue elegida Madre General de la Compañía de la Cruz. El 31 de octubre de 1998 –hace sólo casi 17 años– murió en Sevilla, víctima del cáncer, y fue enterrada en el mismo lugar que ocupó durante cincuenta años el cuerpo de santa Ángela de la Cruz. En sus dos décadas como Superiora General visitó innumerables veces las diferentes casas de las Hermanas de la Cruz, esparcidas por España, Italia y Argentina, alentando la gran labor espiritual y social que desde ellas llevan a cabo.

5. Quienes conocieron personalmente a Madre María de la Purísima ponderan su piedad y altísima vida de oración, su austeridad y amor a la pobreza, su alegría, su fidelidad al carisma de las Hermanas de la Cruz hasta en los más mínimos detalles, su amor a los menesterosos y enfermos y a las niñas de los internados. En los diferentes destinos en que permaneció, actuaba con ese gran sentido evangélico de amor a la Cruz de Cristo y a los que, en medio de sus sufrimientos, la aceptan en su existencia de cada día. Por eso mismo, el cargo de superiora de la comunidad no le era óbice para que se reservara siempre los trabajos más duros y penosos. De ella han afirmado sus hermanas religiosas en innumerables ocasiones que «si se perdieran las reglas, sólo con verla actuar se podían escribir de nuevo».

6. Para todos aquellos que la trataron –sacerdotes, religiosas y religiosos y seglares– era una presencia de la bondad divina. Su sonrisa permanente fue un regalo del cielo, un testimonio vivo de la confianza en Dios y del amor cristiano hacia todas las criaturas, sin distinción de clases o situaciones de fe. Su manera de escuchar y atender a las personas comunicaba un estilo de vida cristiana contagioso, como lo hizo en su época santa Teresa de Jesús. Nunca vivió de espalda a los graves problemas sociales, culturales y eclesiales del siglo XX y ante cualquier desafío lo llevaba a la oración, ejerciendo el discernimiento evangélico, ofreciendo sacrificios y mortificaciones por la conversión de las almas, la paz entre los hombres y el bien de la Iglesia.

7. La espiritualidad de Madre María de la Purísima, tan cercana en el tiempo a nosotros, no es algo exclusivo de la vida consagrada, también tiene mucho que decir a los cristianos de hoy, sea cual sea su estado de vida. Fue una «verdadera samaritana» en el modo de tratar a los indigentes, viendo en ellos el rostro de Cristo en la tierra. Ante los pobres, no cabían críticas, ni valoraciones, únicamente el servicio sencillo en lo verdaderamente necesario, hecho con ternura a la persona concreta, como «llevar una sonrisa a casa de los pobres», «servir a los pobres, con los medios pobres», «curar las llagas» que provocan el sufrimiento y la pobreza. Ella, como tantas veces nos recuerda el Papa Francisco, huye de la mundanidad que puede invadir la existencia cristiana y empobrece la vida religiosa, situándose en todo momento y lugar en Dios mismo: «Sólo Dios, únicamente Dios». Sus escritos son reflejos de esa centralidad «en lo esencial». Su estilo es cercano, profundo, sugerente, y está en consonancia con los tiempos litúrgicos y eclesiales.

8. La figura y espiritualidad cristiana de la ya pronto santa María de la Purísima de la Cruz, en el contexto de la Asamblea Ordinaria del Sínodo sobre la Familia y en las vísperas del inicio del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, sirve de ejemplo para alimentar los ideales que tienen primacía en la Iglesia y en la sociedad de hoy: destacar la importancia de la familia cristiana y anunciar la misericordia de Dios a través del testimonio de los creyentes. El ambiente familiar en que vivió María Isabel Salvat Romero estaba fuertemente motivado por el ejemplo de unos padres cristianos que se preocupaban de la educación integral de sus hijos. Su fe tuvo un gran apoyo en su familia y lo siguió siendo como memoria y ayuda permanente para la fidelidad en la vida consagrada.

Aprendió a rezar mucho antes de saber qué era la oración. La mejor contribución que la familia cristiana puede hacer a la sociedad es la de ser la escuela donde se aprende a querer a Dios y a los demás. Así lo pudo experimentar de manera natural la todavía beata María de la Purísima. También constituye para los cristianos un modelo de cómo la misericordia divina es fuente de alegría, serenidad y paz. Así se manifestaba en el rostro de la nueva santa, porque su conciencia de pequeñez y necesitada de perdón por sus imperfecciones, le hizo siempre creer en un Dios amoroso, cercano, providente, santo y misericordioso. Ésta es la fuente principal desde la que manaba la gracia para vivir con fidelidad su consagración total a Jesucristo, a la Santísima Virgen María, a la Iglesia y a los pobres, y con ello hará cercano y accesible el perdón y la misericordia del Evangelio. Madre María de la Purísima de la Cruz hizo realidad en su vida el lema del próximo Año Santo: «Misericordiosos como el Padre». ¡Ella experimentó vivamente lo que significaba la misericordia del Buen Padre Dios y la repartió, a «manos llenas», a los pobres, que son los predilectos del Reino!

Conferencia Episcopal Española

 

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