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XCIV ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA ESPISCOPAL ESPAÑOLA

Discurso Inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Salutación del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Renzo Fratini, Nuncio de su Santidad en España y Andorra

Discurso inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Queridos Hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos, Queridos colaboradores de esta Casa, Señoras y señores:

Mi más cordial saludo para todos, al comenzar la Asamblea Plenaria de otoño de nuestra Conferencia Episcopal. Ante todo, naturalmente, para los Hermanos en el episcopado, venidos de los cuatro puntos cardinales de España y reunidos en esta Asamblea, que se reúne periódicamente para trabajar en el cumplimiento de los fines de toda Conferencia Episcopal. Podemos recodar lo que es la Conferencia y para qué trabaja: "La Conferencia Episcopal, institución de carácter permanente, es la asamblea de los Obispos de una nación o territorio determinado, que ejercen unidos algunas funciones pastorales respecto de los fieles de su territorio, para promover, conforme a la norma del derecho, el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo mediante formas y modos de apostolado convenientemente acomodados a las peculiares circunstancias de tiempo y de lugar." Es lo que venimos haciendo, con la ayuda de Dios, de modo constante, desde 1966. Gracias, pues, Hermanos, por vuestra presencia y vuestro trabajo.

Mi saludo se dirige hoy de modo especial al Señor Nuncio de Su Santidad en España, el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Renzo Fratini, llegado a nuestro país hace pocas semanas y a quien tenemos el honor y la alegría de acoger en esta Casa por primera vez. Bienvenido, Señor Nuncio. Llega usted a una antigua nación cuya tradición de relaciones diplomáticas regulares con la Sede de Pedro se remonta a finales del siglo XV. España se siente muy unida al Papa en la fe y en el amor; y los fieles hacen sentir a sus Legados esa misma cercanía. Porque éstos tienen encomendado "el oficio de representarle de modo estable ante las Iglesias particulares o también ante los Estados y Autoridades públicas." Al Nuncio se le encomienda igualmente "mantener frecuentes relaciones con la Conferencia Episcopal, prestándole todo tipo de colaboración." También nosotros estamos dispuestos a ayudarle en todo lo que usted desee y nosotros podamos, en el espíritu de lo previsto por el derecho y de lo que nos pide nuestro afecto y obediencia al Santo Padre en orden al mejor servicio de la misión de la Iglesia y al bien de toda la sociedad.

El Santo Padre ha llamado a Roma a uno de nuestros Hermanos en el episcopado, el señor Cardenal  D. Antonio Cañizares Llovera, para asociarlo al servicio que Pedro presta a la Iglesia universal, confiándole el oficio de Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Sabe el señor Cardenal que le acompañamos con nuestro afecto fraternal y que pedimos al Señor le conceda fortaleza y sabiduría para tan alta y sacrificada misión.

Felicitamos y aseguramos nuestra oración a los Hermanos a quienes el Santo Padre ha encomendado una nueva Sede en este último tiempo: al señor Obispo de Menorca, Mons. D. Salvador Giménez Valls; al señor Obispo de Cartagena, Mons. D. José Manuel Lorca Planes; al señor Arzobispo de Sevilla, Mons. D. Juan José Asenjo Pelegrina; al señor Arzobispo electo de Oviedo, Mons. D. Jesús Sanz Montes y al señor Obispo electo de San Sebastián, Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre.

Al señor Cardenal D. Carlos Amigo Vallejo y a Mons. D. Juan María Uriarte Goricelaya les agradecemos sus largos años de ministerio y les deseamos un fecundo tiempo de servicio a la Iglesia como eméritos.

Encomendamos al Señor el eterno descanso de Mons. D. Luis María Larrea y Legarreta, Obispo emérito de Bilbao; de Mons. D. José María Guix Ferreres, Obispo emérito de Vic, y de Mons. D. Joan Martí Alanis, Arzobispo-obispo emérito de Urgell.

I. El Año sacerdotal y los sacerdotes en la España de hoy

El pasado 19 de junio, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa inauguró el Año sacerdotal en el marco de unas Vísperas solemnes en la basílica de San Pedro. Tres días antes, el 16 de junio, había dirigido una Carta a todos los sacerdotes glosando el sentido del Año convocado, cuya finalidad principal es "la renovación interior de todos los sacerdotes, para que el testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intensivo e incisivo" .

Como ya adelantábamos al comenzar nuestra última Asamblea Plenaria, el Año sacerdotal constituye una ocasión providencial para nosotros, obispos de la Iglesia en España que buscamos juntos el mayor bien de los fieles que el Señor nos ha encomendado. Porque de la renovación de nuestra vida, la de los sacerdotes, depende en gran medida la renovación de la vida de nuestra Iglesia y, por tanto, también de toda la sociedad. Nos importa mucho captar bien el sentido teológico y espiritual de lo que se pretende y, al mismo tiempo, estudiar y poner en marcha las actuaciones pastorales que las circunstancias concretas de nuestra Iglesia exijan en lo que se refiere a la vida y al ministerio de los presbíteros.

1. En todas las diócesis de España se está viviendo ya de modo intenso el Año sacerdotal. Las iniciativas son muy variadas. Pero lo más importante es, sin duda, el sentido que se otorga tanto a las actividades especialmente organizadas con este motivo, como el espíritu con que se viven los cauces acostumbrados para el cultivo de la espiritualidad y la formación permanente de los sacerdotes. El mismo Benedicto XVI lo ha explicado de modo sintético y luminoso .

Se trata de retomar los textos fundamentales del Concilio Vaticano II, para asimilarlos y vivirlos en su unidad doctrinal y vital propia, redescubierta a la luz de la Tradición única de la Iglesia. Por ejemplo, en el Decreto sobre la vida de los presbíteros leemos: "Por la predicación apostólica del Evangelio se convoca y reúne el Pueblo de Dios, de manera que todos (...) se ofrezcan a sí mismos como >sacrificio vivo, santo, agradable a Dios= (Rom 12, 1). Ahora bien, por medio del ministerio de los presbíteros se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, único mediador. Este se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, en nombre de toda la Iglesia, por manos de los presbíteros, hasta que el Señor venga. A esto tiende y en esto se consuma el ministerio de los presbíteros" .

Leído a la luz de la Escritura, interpretada por la Iglesia y vivida por los santos, como San Pablo o San Juan María Vianney, este texto del Concilio revela con claridad lo que ya dice él mismo. La vida de los sacerdotes no puede escindirse en dos o ser unilateralmente comprendida desde alguna de sus "funciones", supuestamente excluyente de la otra. El sacerdote no es profeta de la palabra, por un lado y ministro del culto, por otro. Menos acertado aún sería entender su vida como sólo "profética" o como sólo "cultual". Hay, ciertamente un primado del anuncio y de la misión. Pero la predicación cristiana no es de palabras, sino de la única Palabra de Dios, encarnada en el seno de María, la Virgen. El anuncio coincide con la persona misma de Cristo, que, con todo su ser, es relación viva al Padre. Por eso, el sacerdote, cuando presta su voz a la Palabra, no ejerce meramente una función de enseñanza o de iluminación de la vida; al contrario, su ministerio le exige "perderse" él mismo en Cristo, participando de su misterio de muerte y resurrección. Sólo la oblación de toda la existencia del ministro al Padre, con Cristo, hace auténtico su anuncio evangelizador.

Desde esta clave se comprende la centralidad que el Papa quiere dar en este Año sacerdotal a la expresión del Santo Cura de Ars: "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús." Sí, porque el sacerdocio cristiano brota directamente de aquel  corazón humano, del hijo de María, en el que se hace realidad la profecía acerca de las entrañas misericordiosas de Dios (cf. Os, 11) : el corazón traspasado del Crucificado, "núcleo esencial del cristianismo". Por eso, el Papa teólogo no duda en afirmar que "para ser ministros al servicio del Evangelio es ciertamente útil y necesario el estudio, con una esmerada y permanente formación teológica y pastoral, pero más necesaria aún es la ciencia del amor, que sólo se aprende de corazón a corazón con Cristo" . El sacerdote católico no es un mero maestro, ni un técnico experto en la Biblia; menos aún, un especialista en dinámicas sociales o psicológicas; no es un filántropo benefactor de la humanidad; no es tampoco un conocedor de fórmulas esotéricas para el acceso a la divinidad, ni alguien que  organiza ritos para satisfacer las necesidades religiosas de los hombres. El sacerdote católico es el cristiano llamado por el Señor "a partir el pan de su amor, a perdonar los pecados y a guiar al rebaño en su nombre" . Es, en este sentido, alter Christus, es otro Cristo, configurado con él ontológica y existencialmente .

2. Sin perder nunca de vista este horizonte doctrinal y espiritual, los obispos debemos afrontar la situación actual de los sacerdotes en España. Gracias a Dios han quedado atrás las manifestaciones más agudas de la llamada "crisis del sacerdocio" de los años siguientes al Concilio. Tanto los problemas doctrinales como los existenciales, derivados de interpretaciones del Concilio que se situaban en clara ruptura con la Tradición de la Iglesia, han perdido virulencia. Por el contrario, no son pocos los nuevos fenómenos que suscitan esperanza. En torno a los nuevos carismas y realidades eclesiales, aparecen grupos de jóvenes dotados de gran conciencia de pertenencia y de amor a la Iglesia, porque, gracias a ella, se han encontrado con Jesucristo como verdadero salvador; y se muestran dispuestos a seguirle de cerca como servidores de su obra redentora en el ministerio sacerdotal. Lo mismo sucede en muchas parroquias que, guiadas por sacerdotes celosos, han encontrado el camino de una pastoral orientada verdaderamente según los impulsos del Concilio. Pero además, hay muchos jóvenes estudiantes, de enseñanzas medias y superiores, en quienes el ambiente hedonista y el modo de vida desnortado, que casi siempre les envuelve, no es capaz de ahogar del todo la nostalgia de Dios y la búsqueda de su Rostro. Por su parte, son cada vez más las familias que viven como verdaderas comunidades de fe y de amor, arraigadas en una esperanza de Vida eterna que les ofrece infinitamente más que el modo de vida individualista y materialista del mundo. Ahí están también los voluntariados, tanto eclesiales como de otros tipos, en los que los jóvenes pueden dar cauce a su deseo de servir a los demás, saliendo del cerco del egoísmo y la soledad. De todos estos ambientes surgen vocaciones al sacerdocio que, en el contexto del envejecimiento de nuestra sociedad, podemos decir que no son pocas, aunque no sean suficientes ni homogéneamente distribuidas en las distintas diócesis.

La preparación y la celebración de la próxima Jornada Mundial de la Juventud el 2011, en Madrid, se nos ofrece como una ocasión excepcional para la promoción de la pastoral juvenil y, en particular, de la vocacional.

Naturalmente todas estas realidades y oportunidades esperanzadoras no habrían sido posibles ni tendrán continuidad, sin la vida entregada y el trabajo apostólico de los sacerdotes que han sabido hacer frente a la crisis y que se esfuerzan en responder a su excelsa vocación, a veces hasta de modo heroico. Son dignos del reconocimiento y de la gratitud de todos. Los obispos conocemos bien las dificultades de todo tipo que los sacerdotes tienen que arrostrar. Deseamos estar cerca de ellos. Apreciamos su ayuda indispensable y queremos ayudarles, para llevar juntos adelante, con la ayuda de la gracia, la obra salvadora de Cristo en favor de los hombres.

Los problemas que se nos plantean en este campo no son pocos. Los sacerdotes somos menos y de más edad que hace algunos años. No podemos dejar de atender a los datos que nos muestran una realidad preocupante: cada sacerdote secular ha de atender, como término medio, a 3.445 personas (en algunas partes de España el número se eleva hasta 9.000); mientras tanto, la media de edad del clero diocesano español es de 63,30 años (alcanzando en algún lugar los 72,04 años). Aun teniendo en cuenta que la población en general ha frenado su crecimiento y que envejece sin parar, estas cifras nos deben hacer reflexionar y nos deben estimular para adoptar decisiones adecuadas.

Al mismo tiempo, hemos de tener en cuenta que se dan grandes contrastes geográficos entre las zonas rurales, por una parte, y las urbanas, por otra. En el primer caso, los sacerdotes se enfrentan con frecuencia a extensas áreas, prácticamente despobladas, en las que tienen que hacer grandes desplazamientos para atender a numerosas comunidades parroquiales que no reúnen a veces cada una más de diez personas de edad avanzada. Por el contrario, en las zonas urbanas, uno o dos sacerdotes se ven obligados a servir a dos o tres decenas de miles de personas de muy distintas edades y condiciones culturales y religiosas. La presencia por todas partes de personas inmigrantes, causada en buena medida por la disminución de la nupcialidad y de la natalidad, representa también una oportunidad y un desafío a la labor pastoral.

Si el momento es grave y apremiante, la esperanza es más honda y la motivación apostólica nos urge más. En el centro de los trabajos de esta Asamblea tenemos, por eso, el estudio de la situación para ir perfilando propuestas concretas en orden a la renovación a fondo del ministerio sacerdotal en la España de hoy, tanto por lo que toca a la vida de los presbíteros como a su distribución, a la organización de su trabajo y al fomento de vocaciones.

II. Caritas in veritate y la presente crisis moral y económica

1. Nuestra reflexión sobre el ejercicio del ministerio sacerdotal tiene mucho que ver con otra reflexión que haremos también estos días sobre la situación de crisis moral y económica por la que atraviesa nuestra sociedad. Ya lo hemos dicho: la renovación de la vida y del ministerio de los sacerdotes será un factor decisivo para la renovación de la vida de la Iglesia y, por consiguiente, también para el bien de la sociedad. Porque, como nos acaba de recordar el Papa en su tercera Carta encíclica, Caritas in veritate, publicada el 7 de julio pasado, conmemorando los cuarenta años de la Populorum progressio de Pablo VI, "la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica" . Y la cuestión antropológica, por su parte, es, en el fondo, una cuestión teológica: porque "Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre."

La crisis económica persiste y, entre nosotros, el desempleo no retrocede, sino que aumenta. Muchas empresas, en particular pequeños y medianos negocios, no pueden resistir. Los fríos datos de las estadísticas no deben ocultarnos lo que  las cifras representan para las personas: familias en dificultades para hacer frente a las necesidades elementales de alimentación, vivienda y educación; cada vez más jóvenes que ven retrasado su acceso al primer trabajo; inmigrantes que han perdido el empleo y se encuentran especialmente desamparados por hallarse con menos respaldo familiar y social, etc.

En muchas diócesis se han introducido oraciones especiales en las celebraciones litúrgicas para pedir el pronto final de la crisis y esperamos que nuestras peticiones sean escuchadas.

Sin embargo, como el Papa dice en la encíclica mencionada, la crisis actual debería convertirse en ocasión para abordar a fondo la situación de toda la familia humana. Las economías más fuertes y con mayores recursos humanos y financieros parece que ya están avistando la salida de la crisis. Pero el problema  lacerante del hambre de millones y millones de niños persiste y amenaza con acentuarse. Es necesario considerar que "la vía solidaria hacia el desarrollo de los países pobres puede ser un proyecto de solución de la crisis global actual." Hay que afrontar los problemas con una visión universal. La economía mundial es cada vez más una única economía. La humanidad forma cada vez más una única sociedad. Estamos cada vez más cerca unos de otros. Es el momento de que vivamos también cada vez más como hermanos, miembros de una gran familia. En esta perspectiva hallarán solución los problemas de los pobres, pero también, a la larga y de manera más estable, las dificultades y carencias de la sociedad en general. Es la perspectiva en la que se sitúa la enseñanza de Caritas in veritate.

El Papa nos hace presente la importancia y actualidad de la Doctrina social de la Iglesia que, permaneciendo la misma antes y después del Concilio Vaticano II, en admirable coherencia y fidelidad al Evangelio, ha puesto y pone de relieve como quicio de la solución de la cuestión social la enseñanza magistral de Pablo VI: la pobreza y el subdesarrollo tienen una causa aún más importante que los problemas materiales y que la superficialidad del pensamiento: es "la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos." Pero "esta fraternidad - pregunta Benedicto XVI - )podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundamentar la hermandad. ésta nace de una vocación trascendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado y que nos ha enseñado, mediante el Hijo, lo que es la caridad fraterna." En otro lugar añade el Papa: "Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige." "Sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia."

Es necesario elevar la visión hasta esa perspectiva trascendente del desarrollo. Ciertamente, los análisis de las causas económicas, sociales y políticas de la actual situación de cada país y de la comunidad internacional son imprescindibles. Pero no son suficientes por sí mismos. El sistema financiero y económico nacional e internacional se ha visto afectado en todos sus niveles por quiebras de orden ético y, por tanto, dependientes en último término de la conducta de las personas. Pero sin motivaciones adecuadas es difícil alimentar y sostener conductas éticas. Sin embargo, "el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común.".

 

Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Renzo Fratini, Nuncio de su Santidad en España y Andorra

Eminentísimo Señor Cardenal Presidente, Eminentísimos Señores Cardenales, Excelentísimos Señores Arzobispos Y Obispos, Señoras y Señores:

Para mi es un honor y una alegría dar comienzo a la misión, que el Santo Padre me ha confiado al servicio de la Iglesia en España. La participación en esta nonagésima cuarta sesión inaugural de la Asamblea Plenaria de esta Conferencia Episcopal me brinda la feliz oportunidad de renovar, ahora de viva voz, mí ya ofrecida disponibilidad cordial a cada uno de ustedes.

Asimismo agradezco muy vivamente las expresiones de enhorabuena que me vienen manifestando en estos mis primeros días. Son prueba de fraterna y sentida acogida, y, sobre todo, signo de la comunión de este Episcopado con el Sucesor de Pedro. De parte de Su Santidad reciban un cariñoso saludo con su bendición para ustedes y los trabajos que tienen el propósito de desarrollar en estos días.

En este primer encuentro aprovecho para confiarles algunos deseos como Representante del Santo Padre y también algunas primeras impresiones de España.

Saben muy bien cómo los últimos pontífices no han dejado de insistir en la urgencia del anuncio de Nuestro Señor Jesucristo, y esto no solo en los países llamados "de misión" sino en toda sociedad humana. Cristo tiene que ser conocido y amado. Su evangelio, fuente de amor y de perenne humanización, está para impregnar y dar sentido a la vida y ser cauce de comunión entre todos los hombres radicados en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Mi profundo deseo de servir quiere contribuir a esta dimensión misionera que es constitutiva de la Iglesia. El papel del Nuncio, pues, no puede sino estar al servicio de tan primordial tarea aunque realizada de un modo especifico como marca el Derecho: mantener en primer lugar la unidad entre la Iglesia Universal y las Iglesias particulares y buscar, mediante un servicio de tipo pastoral, el bien común, con deseo de colaborar y de ayudar a todos ustedes, los señores obispos.

Mis primeras impresiones al llegar a España son positivas. Valoro profundamente la gran historia de este país que ha sabido expresar la fe en una cultura a lo largo de los siglos.

Esta Iglesia particular, desde su inicio apostólico hasta hoy, manifiesta la fuerza del Espíritu Santo en la multitud de nombrados mártires desde los primeros siglos hasta ahora, de santos doctores, místicos, misioneros... en fin, un caudal impresionante de amor inmenso a Cristo y de un destacado y marcado cariño a su Madre, que contribuye al bien de toda la Iglesia haciéndola fecunda.

Las raíces cristianas están ahí, tenemos que ser optimistas y positivos, sobre todo no olvidar que es Dios quien con su providencia amorosa dirige los hilos de la historia. En Cristo no puede faltarnos la esperanza.

En verdad que siempre habrá algunos problemas, en particular se nos presenta el desafío de la secularización al que este episcopado ha prestado en varios momentos una solicita y acertada atención, particularmente en el documento: "Teología y secularización en España: a los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II" del pasado 2006.

Se hace urgente pues trabajar por una formación religiosa seria, la insistencia en la profundización en la fe y educar para trasladarla a la vida de cada día, teniendo en máxima cuenta la importancia de la coherencia.

Y por último: esta Asamblea reflexionará entorno al ministerio de los presbíteros. La oportunidad viene de la mano por haber sido declarado este tiempo Año Sacerdotal. Con ello el Santo Padre pretende hacer consciente al sacerdote, como él dice en su carta para la convocatoria de este Año, publicada el mes de junio pasado, de que "el renovar cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, conlleva en si el identificarse con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida".

Como orienta el Magisterio de la Iglesia, el método pastoral, no tiene nada que ver con un funcionalismo. Lo pastoral es la expresión de un ser, de una identidad peculiar sacramental.

El Siervo de Dios Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica "Pastores dabo vobis" afirma que la identidad del presbítero "se halla en un vínculo ontológico específico que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor".

Ahí hay que poner los ojos. La acción pastoral es un oficio de amor, expresión de una intensa vida espiritual, vivida en intimidad con Cristo, en la que el sacerdote es siempre sacerdote y en la que, propiamente, puede decirse así, no hay horarios.

Contamos con que los sacerdotes son los que de forma directa están en primera línea, en contacto inmediato con los fieles. Necesitan por ello de la cercanía del Obispo, sentir el impulso de su ánimo en una misión tanto más delicada cuanto que el mundo no puede apreciar, muchas veces, su sacrificada entrega. El Obispo por eso debe dedicarse, "con amor especial", sobre todo a sus sacerdotes, procurar su imprescindible formación permanente, y atender en particular a los que pasan por problemas que no dejan de repercutir seriamente en su ministerio.

A su vez todos los sacerdotes deben apreciar en su obispo al padre, al hermano, al amigo como quiso el último Concilio. Todo esto no podrá sino revertir en el bien de la Iglesia en conjunto y también, sin duda, en la percepción de la llamada por parte de muchos jóvenes corazones que desearán ejercer el sagrado ministerio como expresión de total amor a Cristo.

Señores Obispos, al comenzar los trabajos de esta Asamblea, les aseguro un recuerdo en mi oración, para que el Señor, por intercesión de la Santísima Virgen Maria y de San Juan Ávila, ejemplo eximio de vida sacerdotal, les conceda luz en sus reflexiones y acierto en las decisiones que hayan de tomar.

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